Con lágrimas en los ojos y los malos recuerdos que te
persiguen, preguntas, ¿Qué es peor que las heridas de bala y que las comunidades
masacradas?
Pues una guerra solapada, violencia indiscriminada que te
agrede bajo la mesa de la política y la diplomacia.
Fingir que todo está bien mientras cientos mueren cada
semana, por hablar, donde “hay libertad”; por caminar, donde se “ha reducido la
criminalidad”; por el hambre, en una tierra de riqueza natural…
Es gracioso que pese a todo, figuras públicas y tus líderes
se atrevan a asegurar que en tu tierra, Guatemala, nunca hubo genocidio, ni matanzas; cuando más que un
golpe, más que una puñalada, llevas la cicatriz de 36 heridas de muerte.
Sedientos de sangre, se aprovechan de ti porque ven que eres
fuerte, porque eres preciosa y debido a ello, a menudo, al final del día, te
ves cansada y agonizante, porque donde hubo abundante belleza se nota más su
ausencia cuando esta es consumida por el tiempo, entre otros males.
Pero aunque llegaran a despojarte de todo y permanezcas en una
cárcel de 13 barras decoradas con estrellas blancas; tienes a tu gente. Sí, ese
pueblo que con coraje e inteligencia enfrenta las dificultades y aún con
limitaciones, día a día levanta en sus brazos, “Guatemala, tu nombre inmortal”.